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Un niño feliz es ruidoso, inquieto, alegre y revoltoso

Que nuestros hijos logren ser felices es el mayor deseo que tenemos como padres. Esto es algo que nos preocupa y que tomamos como una responsabilidad personal, sobre todo cuando aún son frágiles y dependientes de nosotros.

Todos hemos sido niños y está claro que nosotros mismos podemos ser referentes de lo que significa ser un niño feliz. Esto no quiere decir que tengamos la llave de la felicidad y que con ella podemos abrirles la puerta a todos los que nos rodean, pero cuando se trata de nuestros hijos hacemos nuestro mejor esfuerzo para poder contribuir a su bienestar físico y mental y para esto debemos dar prueba de un importante y difícil equilibrio entre libertad y límites.

Pero… ¿Qué tal si les preguntamos a ellos mismos? En una encuesta callejera en la que se les preguntó a niños de diferentes edades qué significaba para ellos ser felices, en primer lugar se nota la sorpresa ante la pregunta, pero las respuestas de los encuestados fueron casi calcadas: todos los niños responden que ser feliz es estar con mamá, papá, hermanos, ir a la escuela, tener amigos… Ellos mismos nos dan las pistas de lo que más necesitan. Y como podemos ver, son felices tan sólo con vivir dentro de una familia en la que se sientan seguros y amados.

Opinan los expertos.

Consultado sobre este punto, el psiquiatra Boris Cyrulnik, explica que “un niño feliz, es un niño que se siente seguro y animado. Es decir, un niño que vive en un entorno en donde tiene la certeza de que es amado. No siempre será feliz, porque para todos existen momentos de angustia, pero se sentirá confiado en el hecho de que hay mayores que estarán ahí para protegerlo.”

Para un recién nacido, el mundo es nuevo y todo es motivo de miedo y angustia, pero las presencias habituales de mamá, papá y otros miembros de la familia, le brindarán la seguridad que necesita a medida que reconozca los rostros, las voces y el contacto físico. Para los bebés, la tranquilidad es felicidad.

En niños pequeños, el mundo imaginario es un lugar en el que los adultos no siempre podemos entrar. Si el hijo de nuestra amiga que tiene la misma edad que el nuestro, ya no se abraza a su muñeco favorito para dormir, no hay razón para que nosotros hagamos lo mismo, sólo porque otro lo hizo. Este objeto transicional que dejará en algún momento, le brinda seguridad. Comparar, es olvidar que cada ser humano tiene sus propios tiempos.

¿Qué dirías si te dijeran que debes dejar tu café de la mañana, sólo porque tu vecina no lo necesita para comenzar el día? Seguramente te parecería ridículo y pensarías que la vecina tiene sus gustos y tú los tuyos… pues bien, de la misma manera cada niño tiene sus tiempos y debemos respetarlos. Esto también contribuye a hacerlos sentir seguros y en consecuencia, felices.





Actuando sobre los miedos.

El miedo puede hacer que un niño se sienta inseguro y angustiado. Esto definitivamente va en contra de ser felices, pero no importa… allí están mamá o papá, para brindar la seguridad necesarias.

Las estructuras cerebrales que les permiten a los niños razonar, aún no están del todo desarrolladas y no son funcionales. Es por eso que pueden tenerle miedo al agua o a la oscuridad.

En estos casos, mostremos a nuestros hijos que tomamos en serio sus miedos. Frases como “no seas tonto” o “no tengas miedo”, hacen sentir mal a los niños, porque son sentimientos que no pueden controlar. Consolémoslos, hablemos con serenidad, usemos frases amables y expliquemos que nada sucede; que estamos allí para cuidarlos. Las caricias son muy útiles, no olvides que el contacto físico libera oxitocina, la hormona del bienestar.

Cuanto más comprensivo te muestres, mejor se desarrollarán los circuitos cerebrales que van de lo emocional a lo racional, pero el apoyo y el aliento, también deben estar acompañados del ánimo necesarios para enfrentar estas situaciones. Es por eso que se aconseja no contar cuentos de horror a niños pequeños, ya que corremos el riesgo de que desarrollen miedos que no pueden asimilar.

Asumir la tarea de ser padres, es uno de los mayores desafíos a los que nos enfrentamos como adultos. Encontrar el equilibrio es sumamente difícil. Nunca tenemos claro si estamos siendo demasiado severos o demasiado permisivos; demasiado indulgentes o demasiado exigentes… seguramente nos equivocaremos y otras veces acertaremos, pero de lo que podemos estar seguros, es que si amamos a nuestros hijos, el instinto nos llevará por el buen camino y encontraremos la manera de darles la seguridad, el ánimo y la felicidad que cada ser humano necesita.

¿Qué crees tú que necesita un niño para ser feliz? ¡Comenta y comparte!





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