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No hay almohada más blanda que una conciencia tranquila y un corazón en paz.

“Tener la conciencia tranquila”, es una expresión muy conocida y que escuchamos muy a menudo. Cuando alguien dice que no tiene la conciencia tranquila es porque se siente contrariado o responsable de cosas que ha dicho o ha hecho.

¿Podemos tener la conciencia tranquila y estar en paz con nosotros mismos cuando nos invaden los remordimientos? ¿Es esto posible?

Durante la infancia, no tenemos responsabilidades y nada nos preocupa, pero alrededor de los 15 o 16 años, cuando empezamos a ser medianamente independientes y mentalmente independientes, es cuando nuestros actos comienzan a tener consecuencias.

Al ser niños, estamos dentro de un período de inocencia, de ingenuidad y de construcción de la personalidad que hace que no nos preocupemos por los problemas que nos rodean. Es decir, que podemos deducir que el hecho de no tener responsabilidades y deberes, permite tener la conciencia tranquila.

Por otra parte, a medida que crecemos, todos comenzamos a tener más o menos deberes y obligaciones. Cuando cumplimos tanto con unos como con otras, podemos decir que tenemos la conciencia tranquila. Cuando nos sentimos satisfechos por haber hecho lo correcto, nos sentimos bien y nos sentimos en paz. Es decir, tenemos la conciencia tranquila… O al menos, es lo que creemos.

Pero… ¿Quién pudo escapar alguna vez de sentimientos negativos como los celos, la ira, la mentira o el engaño? Todos en algún momento de nuestras vidas somos víctimas de estos sentimientos negativos que son los que nos quitan tranquilidad de conciencia, especialmente cuando en realidad somos buenas personas.





Este estado de paz mental no se alcanza solamente respetando a los otros, sino también respetándonos a nosotros mismos. Muchas veces, dejamos pasar determinadas situaciones sólo por no generar un conflicto, y el recurso es válido siempre y cuando nos quedemos conformes con eso; pero cuando haber callado o no haber actuado conforme a lo que deseábamos empieza a pesarnos y sentimos que no hemos hecho lo suficiente por nosotros mismos, esa intranquilidad de conciencia también nos afecta.

Llegamos a tener la conciencia tranquila, cuando sabemos que nuestros valores y nuestras acciones están en armonía. Que hemos dicho lo que queríamos decir sin herir y sin lastimar a otros. Que hemos hecho lo que debíamos hacer sin perjudicar y sin dañar a otros. Este es un ejercicio sumamente difícil, porque se trata de encontrar el equilibrio, y para lograrlo, se necesita una cuota de sensatez enorme.

Un ejercicio fácil para identificar lo que también llamamos el “cargo de conciencia”, es escuchar las explicaciones que recibimos de otros cuando intentan explicar una situación. Cuanto más intenten justificarse, más pesada es su conciencia.

A veces, ni siquiera hemos cometido una falta, pero al ser personas íntegras y nobles de corazón, nos sentimos responsables de un hecho que no es tan grave, pero que nos produce una intranquilidad que se traduce en sentimientos de culpa y remordimientos.

Esto suele suceder en personas extremadamente responsables e íntegras que se culpan por todo y que deben aprender a perdonarse a sí mismas pequeños errores, porque muchas veces las cosas suceden sin que haya responsables o son cosas que no se pueden modificar.

Decimos que “no hay almohada más blanda que una conciencia tranquila” y es cierto, porque aun cuando hayamos actuado pensando que era lo correcto o motivados por una pasión momentánea, en algún momento llegamos a una instancia de reproche que no nos deja descansar.

Actuar bien, no herir, disculparse, pedir perdón… Son las mejores formas de recuperar un sueño tranquilo y la tan deseada paz mental.

¿Qué opinas de la tranquilidad de conciencia? ¡No dejes de compartir!





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